‘La paz que Policarpa soñó’ de Patricia Díaz

Es un martes, 9 de abril del 2013 en Bogotá, un día soleado de cielos despejados. He decidido unirme a la gran Marcha Patriótica que se ha organizado para esta fecha por el movimiento político y social del mismo nombre sin saber lo que me espera. Algunos amigos me han comentado escépticos que este evento no cambiará la situación en Colombia. Son sesenta años de violencia civil, de una guerra continua que ha desangrado, gota a gota, con sus cinco millones de muertos al país y la promesa una vez más de que las conversaciones que se están llevando a cabo en este momento en la Habana entre las FARC, la guerrilla más antigua del continente, y el gobierno  concluyan en un acuerdo bilateral que ponga fin a la guerra. ¿Será este evento el comienzo del fin de la violencia?, me pregunto mientras veo desfilar por las calles del centro de Bogotá a miles de colombianos (se calcula que casi un millón acudieron) de las más diversas proveniencias, gentes que llevan viajando días enteros hacia la capital, ciudadanos de las cuatro esquinas del país, trabajadores capitalinos, estudiantes, obreros, campesinos, indígenas, afrocolombianos y muchos jóvenes, vistiendo camisetas blancas y portando también banderas blancas sobre las que resalta la imagen de un Simón Bolívar desnudo, cabalgando intrépido en su caballo, enarbolando la bandera amarillo, azul y roja, tomada de una famosa escultura del colombiano Arenas Betancourt que adorna la plaza de Pereira, una pequeña ciudad en el centro del país. Debajo de esta imagen tan peculiar, se lee inscrita la frase, POR LA SEGUNDA Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA.

Y así empiezo a notar la referencia continua al  pasado histórico  que da origen a nuestro presente y que observaré el resto del día al ver pasar a los manifestantes en su camino hacia la plaza de Bolívar donde se reunirán con el alcalde de la ciudad, el ex-miembro del movimiento guerrillero M-19, Gustavo Petro, el presidente Juan Manuel Santos y la ex-diputada y negociadora del intercambio humanitario con las FARC, Piedad Córdoba. Es como si lo simbólico hubiese redimido la memoria ancestral obliterada por la violencia y por primera vez desde las guerras de independencia contra España, recobrara su legitimidad y su programa original: los colombianos necesitamos recuperar nuestra identidad de nación, unirnos en un projecto total por lograr un acuerdo que nos permita existir como nación, que garantice la gobernabilidad de un estado elegido democráticamente, que consienta salir de la pobreza a un 34% de la población, que ofrezca oportunidades a la nuevas generaciones de colombianos que piden a gritos trabajo, educación, salud. Es como si la Primera Independencia hubiese sido el proyecto fallido de las castas coloniales y posteriormente de la burguesía neocolonialista y neoliberal al no proveer las condiciones de vida  y de gobernabilidad a un pueblo, rico en enormes posibilidades pero sumido en el atraso del subdesarrollo, en las cuales el proyecto de la guerrilla no hubiese tenido viabilidad (esta hubiese sido la manera más directa de hacerla redundante).

Quizá lo diferente que estamos viviendo en este momento, es que el cambio proviene de los ciudadanos, de la base, desde esa palabra tan temida por tantos gobernantes y tan mal interpretada por derechas e izquierdas: desde el pueblo. No es gratuito que uno de los lemas favoritos estampado en las camisetas de los manifestantes sea el de PODER CIUDADANO. Tan simple como eso, lo que las mujeres y hombres colombianos quieren es que su voto en las elecciones no sea solo contado para elegir un candidato y un partido político pero para representar una posición ética y moral significativa en los acuerdos que manejan la vida nacional. Ese poder ha sido burlado, abusado y corrupto y necesitamos parar esa carrera hacia el abismo porque no se requiere haber ido a la universidad para entender que el caos social no beneficia a nadie. Por el contrario, ha impedido que Colombia se desarrolle como nación en el mundo, con todo el potencial humano y la riqueza natural que la haría una nación próspera y significativa en el planeta.

Esa riqueza la tenemos; “la franja amarilla” a la que se refiere el escritor William Ospina, visualizada en el color amarillo en la bandera nacional y que representa “nuestro oro”, nuestra diversidad, no solo en recursos naturales sino étnica y cultural. Bastaba dar una mirada a las fisionomías de los manifestantes que desfilaban para darse cuenta de qué tan rica es ésta diversidad, desde las comunidades negras  que pasaban tocando sus flautas de millo y sus tambores o bailando sus contradanzas chocoanas a los indígenas paeces enarbolando los bastones de mando que le dan voz y voto a la minga, su forma de gobierno comunal.

En esa misma calle principal conocida como la Séptima que conduce  la plaza de Bolívar, cayó abatido por las balas  hace 64 años, en la misma fecha del 9 de Abril, Jorge Eliécer Gaitán, el líder popular que había entendido que el único camino para gobernar era la inclusión de toda esta diversidad que hace de Colombia un país único. Hoy, su voz distintiva y cadenciosa es transmitida por altoparlantes a los manifestantes, esa voz que una vez fue escuchada atentamente por las muchedumbres de nuestros padres y en esta fecha recordada por los viejos liberales que custodian con celo los ramos de flores en el lugar exacto donde cayó asesinado el líder. Ellos como nosotros, saben que lo que Gaitán decía era una verdad tan desnuda como el Libertador de Arenas: que no hay país si no se distribuye la riqueza entre todos sus ciudadanos. Durante la marcha, la alcaldía repartió miles de CDs con los discursos de Gaitán para que los ciudadanos sigamos recordando que sí es posible lograr articular las aspiraciones y los sueños de los que trabajan la tierra o de los laboran en las fábricas, de los maestros que enseñan a la primera infancia o de los estudiantes universitarios.

Con el asesinato de Gaitán en 1948 empezó la pesadilla de lo que se ha conocido como “la violencia” que no fue sino la continuación de las cuentas pendientes que quedaron de la primera Independencia, es decir de las guerras por el poder y la riqueza, una vez que España hubo salido del escenario. En 1817, en esta misma plaza de Bolívar, antes llamada la plaza Mayor,  fue fusilada una mujer de 21 años, Policarpa Salavarrieta, considerada una “terrorista” de la época por realizar actos de espionaje en contra de la corona Española y abiertamente oponerse a ser súbdita del rey: subió desafiante al patíbulo con sus compañeros y el mito la transformó en la mujer que representa todas las mujeres de la época y aunque nadie sabe a ciencia cierta cómo era físicamente, su imagen criolla ha sido pintada y reproducida durante doscientos años en un esfuerzo por mantener viva su memoria.

Percibo finalmente que el momento histórico pasado alcanza la dimensión del presente, al ver entre la multitud a una joven portando una pancarta con la imagen de una de las tantas versiones de la Pola y en la que se lee, POR LA PAZ QUE SOÑO POLICARPA SALAVARRIETA. Me acerco y le pido permiso para tomarle una foto. Ella sonríe tímidamente como dando a entender que ha cumplido su misión portando en sus brazos por kilómetros el mensaje que ella escogió para ese día. ¿Pero cuál es la paz que ella sueña, que la Pola soñó y la que hoy soñamos tantas mujeres colombianas? La paz de saber que parimos hijos que tengan futuro, que de las nuevas generaciones puedan salir premios Nobels de la ciencia y del arte, deportistas que ganen medallas en las Olimpíadas, genios de la administración y los negocios que sepan explotar esa  bendición de riqueza natural que es Colombia y proteger sus aguas y su medio ambiente. Filósofos y políticos humanistas que estén dispuestos a incorporar las cosmogonías indígenas, la heterogeneidad de las culturas afrocolombianas y el pensamiento innovador del hombre y la mujer latinoamericano en sus manifiestos y su forma de legislar. Maestros espirituales que puedan inculcar en sus creyentes y en la sociedad el respeto profundo por el cuerpo de la mujer. Soñamos que nuestras hijas no sean víctimas de la violencia de género, de la violación y de la orfandad de la guerra.

Qué las mujeres que escogen tener hijos, lo hagan sin el temor de la incertidumbre del futuro sobre todo si son mujeres cabeza de familia. Qué las ancianas puedan descansar en su vejez y no seguir rebuscando el pan de cada día para sus nietos. Qué una joven pueda andar tranquila en una gran ciudad de noche sintiéndose segura y no amenazada por el entorno. Parecería un milagro lo que pedimos pero como enfatiza William Ospina en el texto ya citado y recordando las palabras de Voltaire sobre los hombres de su tiempo: “Necesitaban milagros: los hicieron”.

Patricia Díaz

Londres, Mayo 14 del 2013

Obra citada:

Ospina William, ¿Dónde está la franja amarilla?, 2012, Random House Mondadori,

One thought on “‘La paz que Policarpa soñó’ de Patricia Díaz

  1. Algunos comentarios sobre el post de Patricia:

    Patricia, creo que esa es la Paz que seguimos Soñando todas las colombianas y colombianos que aún tenemos la capacidad de soñar (Carolina Velasquez, LAWRS)

    Felicitaciones, tu articulo es fascinante y seguramente inspirara a nuestros compatriotas a seguir adelante luchado por todos esos anhelos y principios que describes y que nos harían ejemplares (Clara Hancock)

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *


*